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Dientes de Waterloo, conoce su historia

En las páginas de la Historia no faltan curiosidades relacionadas con la odontología, y es que no siempre ha habido medios como los actuales para mantener una perfecta salud dental y una sonrisa deslumbrante.  En efecto, a veces ha sido necesario buscar medios que hoy se considerarían cuando menos retorcidos y un poco siniestros. Es el caso de los célebres dientes de Waterloo, codiciados a principios del siglo XIX por parte de nobles y ricos que no gozaban precisamente de una dentadura ideal.  Y es que se convertirían en un caso muy significativo a la hora de documentar el papel de la salud y estética dental a lo largo de los siglos y los recursos disponibles para ello. Pero, ¿de dónde viene esta curiosa expresión realmente?

Napoleón y la batalla de Waterloo

 Corría el verano de 1815 y Napoleón, tras haberse fugado de la isla de Elba, se enfrentaba con sus soldados a la coalición formada por Prusia, Holanda e Inglaterra en los campos de Waterloo.  Sería el final de las guerras napoleónicas, y estaría marcado por la derrota y los 50.000 soldados franceses caídos en batalla. A Napoleón le aguardaba entonces un exilio ya definitivo en la isla de Santa Elena, donde viviría 6 años hasta su muerte, tras ver cómo se restauraba la monarquía francesa y su gran sueño se desvanecía. Pero no es de Napoleón precisamente de quien hay que hablar para explicar qué son los dientes de Waterloo, sino de esas decenas de miles de soldados caídos en batalla que pusieron fin a las guerras napoleónicas.

 Aquí es importante destacar un dato: se había popularizado ya por aquel entonces el consumo de azúcar de caña en Europa, procedente de las colonias americanas. Esto, como cabe imaginar, hizo que se extendieran dolencias bucodentales como la caries, impulsándose así la fabricación de prótesis dentales para europeos acomodados. Dichas prótesis se elaboraban con dientes de animales, de condenados a muerte, de cadáveres profanados… La base se hacía de madera, porcelana o marfil, y por lo general el resultado era estéticamente aceptable pero de muy mala funcionalidad a la hora de comer. Además, las prótesis hechas de hueso o marfil carecían de esmalte y resultaban muy precarias. De ahí que la prioridad para los más acaudalados fuese conseguir dientes humanos en buen estado. Y ese es el vacío que llenaron en abundancia los dientes de Waterloo.

No hay mal que por bien no venga

Hay que tener en cuenta también que por aquel entonces, en los primeros años del siglo XIX, la odontología aún estaba muy lejos de alcanzar el fundamento técnico y científico que hoy posee. De hecho, es entonces cuando explota su popularidad y pasa a formar parte del quehacer de profesionales tan dispares como joyeros, peluqueros o químicos, ya que eran muchos los que veían el filón que tenían a su alcance.

 La batalla de Waterloo se convirtió así en el escenario perfecto para los proveedores decimonónicos de los dentistas. En efecto, los miles de cadáveres de jóvenes con buena dentadura ofrecían una gran oportunidad para el espolio, y pronto se pudo ver figuras hurgando entre los cuerpos en busca de un botín. Y los dientes de aquellos que habían muerto en la flor de la vida eran un reclamo muy jugoso, ya que además tenían más consideración de calidad que los extraídos de un cadáver ya en proceso de putrefacción. Así, los lugareños de Waterloo salieron al campo de batalla con tenazas, cinceles o martillos y muchos hicieron fortuna con ese bien tan preciado que la muerte les había puesto en bandeja.

 

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